Ésa es la regla.
Da igual cuantos dulces o salados ingieras, cuántos momentos agridulces que podían haber sido lo mejor de nuestra vida... Sino fuera por el dolor del demonio en nuestro útero.
Me incorporo en la cama, alargo el brazo y cojo el móvil: 14 de Enero, seis de la mañana. Quedan dos horas para que suene la alarma, voy al baño, me coloco una compresa, sé que mi periodo significa al menos seis euros menos, además de si me tengo que coger el día libre por dolor menstrual y todo lo extra que me gaste en medicamentos o chocolatinas. Al menos es viernes, el finde podré descansarlo en casa.
Hoy tengo sólo cuatro horas programadas. Voy a la cocina a por un enanthyum y agua, vuelvo a la cama, deseando seguir durmiendo.
Sólo cuatro horas programadas.
En media hora me levantaré con la estricta necesidad de hacer pis, saludar en los grupos de WhatsApp y maquillar mi cara de fantasma. Labios crema, pestañas de rímel, pelo castaño con ralla a un lado recogido tras la oreja derecha. Un clásico de viernes.
Escribiré el capítulo sobre La Vida, el sentido que le encuentro y cómo conseguir que mis alumnos lo acepten.
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